Llorar en seco
La novela de Veró Mac Lennan está centrada en una protagonista sin nombre estable, atravesada por trastornos de ansiedad, pensamientos intrusivos y una profunda autodestrucción psíquica.
Mariana Komiseroff *
Cada época inventa sus propios modos de enfermar. Si durante buena parte del siglo XX la literatura estuvo obsesionada con la locura como ruptura con la realidad, hoy muchas novelas parecen preguntarse otra cosa: ¿cómo se vive cuando el enemigo ya no está afuera, sino que habla con nuestra propia voz? Llorar en seco, de Veró Mac Lennan, se inscribe con fuerza en esa tradición contemporánea. Es una novela centrada en una protagonista sin nombre estable, atravesada por trastornos de ansiedad, pensamientos intrusivos y una profunda autodestrucción psíquica. Desde el comienzo, la narradora describe cómo convive con una voz interna cruel que la insulta, la degrada y la lleva, cada noche, a golpearse la cabeza con un bate hasta destruirse. Esta violencia funciona como una forma extrema de controlar la angustia y sus ataques de pánico. La personaje vive en un estado de vigilancia constante sobre sí misma: teme perder la razón, dañar a otros y se siente permanentemente inadecuada frente al mundo.
Veró Mac Lennan construye con mucha intensidad el funcionamiento de una mente fragmentada. La narradora trabaja como periodista en una redacción, tiene dificultades para relacionarse socialmente y desarrolla vínculos atravesados por la inseguridad y el deseo de aceptación. Allí conoce primero a Celeste y luego a Azul. El encuentro con Azul marca un punto de inflexión: el amor, el deseo y la experiencia corporal aparecen por primera vez. La elección de los nombres tampoco parece casual.
Celeste y Azul no solo distinguen dos vínculos afectivos: también parecen nombrar dos maneras de habitar el deseo. Si Celeste representa una experiencia todavía frágil, Azul encarna la posibilidad de un amor más intenso, capaz de interrumpir, aunque sea por un momento, la lógica de la autodestrucción. Sin embargo, esa posibilidad de salvación se quiebra porque en toda buena novela entramos en el territorio del conflicto que no vamos a anticipar y aquí el texto reflexiona sobre los límites entre salud mental y normalidad. Las sesiones con la psiquiatra, Clara, muestran el intento institucional de reconstruir una identidad estable, mientras la protagonista cuestiona justamente la idea de que exista un “yo” fijo y coherente. El conflicto se profundiza cuando descubre que el nombre que debería recuperar como propio, tampoco sería verdadero.
Uno de los aspectos más potentes del texto es la construcción de la voz narrativa: íntima, fragmentada y obsesiva, logra transmitir con enorme sensibilidad la experiencia de convivir con un monólogo interno hostil. Al mismo tiempo, la novela trabaja temas como el amor lésbico, el duelo, la salud mental, la medicalización y la búsqueda desesperada de una forma de habitar el mundo sin destruirse a una misma.
Pero Llorar en seco no habla solamente de una enfermedad (si es que todavía podemos llamarla así) individual: habla de una subjetividad producida por la violencia, el mandato, la culpa y el odio hacia una misma. Y eso dialoga muchísimo con este momento histórico argentino.
Eso conecta directamente con discusiones contemporáneas sobre precarización emocional, la crueldad social y el agotamiento psíquico.
En Argentina, el suicidio dejó de ser una problemática marginal para convertirse en uno de los principales desafíos de salud pública. Desde 2022 es la principal causa de muerte entre las personas de 15 a 24 años y, en 2024, volvió a ocupar también el primer lugar entre quienes tienen entre 25 y 34 años, desplazando a los accidentes de tránsito.
En ese contexto, Llorar en seco, de Veró Mac Lennan, aparece como una novela profundamente contemporánea. No porque hable del suicidio de manera directa, sino porque se pregunta cómo se construye una subjetividad que aprende a volverse contra sí misma.
Hay algo muy contemporáneo en que la protagonista no se destruye por “loca” sino por la forma en que aprendió a mirarse. La voz que la golpea reproduce discursos sociales de culpa, vergüenza, productividad, insuficiencia, corrección moral, miedo a ser una carga. La violencia, en esta etapa de la vida del personaje no viene desde afuera, ya se asimiló y se volvió una voz interior sin necesidad de que la narradora tenga que apelar al afuera y ese me parece uno de los mayores aciertos, que la novela no sea panfletaria.
Por otro lado es una novela íntima, es cierto, no abiertamente política, pero está publicada por una editorial independiente en la Argentina de 2026 donde los discursos de meritocracia extrema, la crueldad legitimada por el estado, la deshumanización del otro, el desgaste emocional colectivo, y el aumento del sufrimiento psíquico como problema social y no solo individual este gesto de apostar por una novela que se mete de lleno en la experiencia subjetiva del dolor es una intervención cultural valiente.
Además, hay algo muy fuerte en la novela: la protagonista encuentra alivio no en el éxito, sino en el vínculo, el deseo, el amor y el cuidado. Azul literalmente vuelve habitable el mundo. Eso sí es profundamente político hoy. La novela parece decir que lo contrario de la destrucción no es la productividad ni el rendimiento: es el lazo afectivo.
El neoliberalismo logra que las personas interpreten problemas estructurales como fracasos personales.
Eso aparece clarísimo en la novela: la protagonista vive el dolor, la ansiedad y la violencia interiorizada como una falla propia, cuando en realidad su subjetividad está atravesada por mandatos sociales, culpa religiosa, exigencia productiva y violencia afectiva.
La novela dialoga con la idea de Fisher de que el capitalismo contemporáneo privatiza el sufrimiento: lo convierte en culpa individual, autoexigencia y sensación de fracaso personal, aun cuando sus causas sean profundamente sociales.
Hace unos días entrevisté a Claudia Piñeiro y dijo algo que no dejo de pensar desde entonces: que en esta época de crisis del relato, tal vez sean los libros los que terminen contando quiénes fuimos realmente. Me quedó resonando especialmente mientras leía Llorar en seco, porque hay algo en esta novela que captura un clima emocional muy preciso de nuestro tiempo: el agotamiento, la ansiedad, la violencia interiorizada, la sensación de fragilidad constante y el enorme esfuerzo psíquico que implica simplemente seguir habitando el mundo.
Más que hablar de una enfermedad individual, la novela parece registrar una sensibilidad colectiva. Una época donde el sufrimiento se vuelve privado, silencioso y culpógeno; donde muchas veces la crueldad ya no necesita venir desde afuera porque aprendimos a dirigirla contra nosotros mismos. Y ahí la literatura aparece como un archivo afectivo capaz de conservar aquello que el discurso político, mediático o incluso periodístico no logra narrar del todo: cómo se sintió vivir este momento histórico desde adentro de un cuerpo y una mente.
Tal vez dentro de muchos años, cuando quieran entender qué nos pasaba en estos tiempos de miedo, precariedad emocional y soledad, novelas como Llorar en seco puedan decir más sobre nuestra época que cualquier crónica o estadística.
* Escritora
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