Ríos secos y manantiales
Más allá del conflicto por el Atuel-Chadileuvú, La Pampa posee otros cursos y reservorios de agua que permanecen prácticamente desaprovechados. Tormentas torrenciales, manantiales y cuencas cerradas revelan un potencial hídrico que, por sus características y magnitud, merece ser estudiado y conocido.
Walter Cazenave *
El título de esta nota llama a pensar en las aguas del Atuel-Chadileuvú, por las que los pampeanos venimos luchando desde hace tantos años. Sin embargo, aunque la imposición se toma de una enorme obra del geógrafo y militar mendocino del siglo XIX Manuel Olascoaga, en la que menciona esos ríos con un criterio semejante a las razones que sostiene nuestra provincia, el presente escrito busca detenerse en la consideración de aquellos caudales cuyo escurrimiento y posible utilidad pasan prácticamente desapercibidos. Aunque con un aprovechamiento supeditado a la relación costo-beneficio estas singularidades geográficas merecen ser conocidas.
En una nota publicada tiempo atrás dejábamos constancia de la temprana percepción de esa posibilidad por parte del ingeniero Oscar Rodríguez Diez; en el mismo sentido Edgar Morisoli se preguntaba sobre la eventualidad de conocer y aprovechar los escurrimientos de los grandes ríos secos que entran a La Pampa desde las serranías mendocinas, en el extremo noroeste de la provincia.
Una referencia del geólogo Santiago Giai nos llevó a la consulta de la hoja geológica Agua Escondida, relevada por el profesional Emilio González Díaz. En ella describe una tormenta sobre esas mismas serranías del oeste pampeano, aunque en su vertiente occidental, en el puesto San Pablo, muy cerca del límite con nuestra provincia. Los datos que aporta acerca del río seco por donde escurriera el agua, duración de la tormenta e intensidad de la lluvia permitieron, en un cálculo prudente, estimar en al menos un equivalente a dos días del caudal medio del río Colorado.
A su vez el diario Mendoza, a comienzos de enero de 2025 da cuenta de un acontecimiento climático semejante. Una lluvia de apenas media hora que cayó en el distrito de Agua Escondida, provocó en el río seco aledaño a un puesto un tremendo escurrimiento. La torrencial precipitación hizo que el agua alcanzara el corral de los chivos, arrastrando unos noventa animales y provocándoles la muerte.
Testimonios.
En lo que hace a testimonios personales, también se puede considerar el referido por el dibujante técnico de la entonces Administración Provincial del Agua, Santiago Cappello. Recuerda que había acompañado a una comisión del organismo hídrico provincial que debía instalar un aforador en el arroyo Agua de Torres. Cumplida la tarea, por la noche se desató una tormenta de índole semejante a las ya descriptas. Al día siguiente comprobaron que la fuerza de la creciente generada por la lluvia había arrancado la estructura, desplazándola casi un kilómetro.
Otra referencia personal de un poblador resulta por demás explícita. Según relatara solía ser común que los habitantes de aquel extremo oeste -La Humada, Agua de Torres- se unieran para algún festejo de fin de año con sus similares de Agua Escondida, ya en territorio mendocino. Un rato después de una de aquellas celebraciones había caído un chaparrón típico del verano. Los celebrantes, tras el asado de rigor, estaban reunidos junto al arroyo cuando comenzó a escucharse un rumor lejano cuya intensidad crecía en forma lenta pero perceptible. Los lugareños mendocinos fueron terminantes: era producto de una creciente en las sierras aledañas, cuyo volumen era impredecible, por lo que lo aconsejable para los pampeanos era que cruzaran el arroyo antes que llegara al lugar. Varios pasaron con sus vehículos de inmediato pero los más remisos se llevaron un susto: uno alcanzó a pasar con la punta del torrente tocando ya la caja de la camioneta; a otro directamente lo arrastró un centenar de metros, aunque sin desgracias personales.
Los manantiales olvidados.
Al margen de su condición insólita estos sucesos son demostrativos de que las aguas caídas en la zona merecen un conocimiento que está más allá de lo meramente anecdótico.
La red de drenaje, que se ubica en la serranía de El Peralito y adyacentes, y alimenta el arroyo Agua Escondida-Agua de Torres, parece ser de aquellas que tienen una rápida concentración de caudales y generan torrentes en poco tiempo. La circunstancia climática se incrementa por la condición de las precipitaciones, mayoritariamente veraniegas.
Pero las enumeradas no son las únicas aguas que se pierden en el Oeste Pampeano. Medio siglo atrás la Administración Provincial del Agua había concebido un plan de aprovechamiento de algunos de los varios manantiales de la región. Básicamente consistía en un uso racional del agua que permitiera la creación de huertas familiares e incrementara el número de animales criados en el lugar. La idea, que por su originalidad mereció comentarios elogiosos a nivel nacional, conllevaba la aparición de pequeños centros de producción y consumo, al tiempo que, junto con una adecuada pedagogía adaptada a ese entorno, elevaría el nivel técnico y cultural de la zona.
La llegada de los militares al poder, que ni siquiera advirtieron la importancia geopolítica de quebrar el desierto central de Argentina, al menos en parte dio por tierra con aquella idea.
Las aguas surgentes siguen escurriendo hoy como en aquellos tiempos.
En el cratón pampeano.
Hay en La Pampa otra zona que sorprende por la cantidad de agua precipitada y su pérdida con escaso o nulo aprovechamiento. Es lo que los geólogos llaman el Cratón Pampeano, ubicado en el ángulo sureste de la provincia. La formación, geológicamente muy antigua, tiene como rasgo principal para la hidrografía una serie de cubetas que, comunicadas entre sí, forman arroyos de considerable longitud, aunque de condición temporaria.
Dos son los cursos principales; el mayor ubicado más al norte con poco más de 30 km de longitud; el meridional resulta más breve. Ambos finalizan en lagunas, con varias intermedias en su recorrido y una pendiente similar. Un rasgo que sorprende es que pese a estar muy cercanos a los cursos del Curacó y el Colorado, no comunican con ellos y constituyen una cuenca cerrada.
El agua que se deposita y se pierde en esta formación, ubicada en el borde de la zona semiárida, es netamente de origen pluvial. Sin embargo cuando las precipitaciones son considerables, el volumen acumulado es asombroso. A fines de 2025 las lluvias zonales fueron del orden de los 90 mm, y acaso algo más, pero ateniéndonos a esa cifra y considerando la superficie del cratón tentativamente en unos 5.000 km2 tendríamos unos 450 Hm3, poco más que una cuarta parte del volumen del embalse de Casa de Piedra.
* Doctor en Geología. Colaborador
Evaporación
Una de los procesos más importantes en la desaparición de las aguas caídas y acumuladas está dado por la evaporación, muy especialmente en verano; un ejemplo cabal lo dan los aproximadamente 15 m3/s que evapora en esa estación el lago de Casa de Piedra.
Uno de los métodos más recientes que procuran disminuir este fenómeno es el uso de las llamadas “bolas de sombra”. Consiste en cubrir las superficies lacustres o lagunares con gran cantidad de esferas que flotan en la superficie del agua; las esferas “bloquean la luz solar y reducen las pérdidas del líquido -pueden ser miles- e interrumpen el paso de la mayor parte de la radiación sobre la superficie. Están hechas de polietileno de alta densidad con aditivos para resistir la radiación ultravioleta; tienen un diámetro aproximado de 10 cm y se llenan parcialmente con agua para que el viento no las mueva ni las desplace”. También ayudan al control de algas.
Lágrimas
Respecto a la idea de aguas que se pierden, o no se aprovechan Jorge Tullio, geólogo de larga actuación en el estudio y defensa de los recursos hídricos provinciales, solía recordar la reacción de un hidrólogo israelícuando vio la enormidad de los casi 900 m3/s del río Negro perdiéndose en el mar: se le caían las lágrimas. Es comprensible; su país, que es de los de mayor eficiencia de riego en el mundo, se nutre básicamente de las aguas del controvertido río Jordán, que apenas si tiene una media aproximada de 40 m3/s.
En la misma tesitura podrían considerarse como potencialmente perdidas las aguas a trasvasar desde el río Negro al Colorado en el valle inferior de éste -50 m3/s segundo según el Acuerdo Interprovincial-, y que condicionarían una posible quita de caudales en la cuenca superior por parte de Mendoza. Ese trasvase nunca se concretó por haber negado la legislatura rionegrina la servidumbre de acueducto gratuita necesaria, convenida en el Acuerdo. La medida de aquella provincia fue en previsión de un aprovechamiento de las aguas del Negro, no concretado.
Asombra el cálculo teórico de esas aguas que nunca llegaron al Colorado ni tampoco fueron aprovechadas en el Negro hasta hoy. Es, desde luego, una especulación idealizada, pero suponiendo que a partir de la firma del acuerdo entre provincia y Nación las obras hubieran implicado 11 años, desde 1967 a la actualidad, en los 35 años restantes se habría derivado -y eventualmente aprovechado- un volumen al menos cuatro veces superior al del embalse de Casa de Piedra. Como esta derivación implicaría compensar lo que Mendoza podría sacer de la alta cuenca del río también se podrían considerar esos caudales al aprovechamiento perdido.
El agua subsuperficial
El ingeniero Ernesto Viglizzo está llevando a cabo una investigación que hace al tema y que sería de mucha importancia de aplicación en La Pampa: el balance regional de las aguas subsuperficiales, cuyo funcionamiento y variación no son muy bien conocidos en el nivel provincial. El trabajo -original en La Pampa- se destaca porque considera el volumen, y la consiguiente importancia, de esas aguas, ubicadas a escasa profundidad, de las que efectúa un balance a nivel nacional, en una de cuyas partes se incluye nuestra provincia. En definitiva resulta preventivo de lo que también es un recurso hídrico no muy tenido en cuenta en las planificaciones.
Según el autor en lo que hace al noroeste pampeano hay una inesperada tendencia positiva en el nivel de esas aguas.
Una opinión autorizada
La doctora María del Rosario Vidal Abarca, estudiosa española del tema, ha definido a los ríos secos con enjundia y precisión, situando el foco sobre los cauces sin agua superficial, poniendo en valor la importancia de estos “ríos secos”, grandes olvidados en el ámbito de la ecología fluvial. Ha dicho: “Si introducimos la palabra ‘río’ en un buscador cualquiera de internet, aparece la siguiente definición: ‘una corriente natural de agua que fluye permanentemente y va a desembocar en otra, en un lago o en el mar’. Sin embargo, sabemos que esto no es del todo cierto. En efecto, hay ríos que llevan agua durante todo el año, los ríos permanentes, y también hay otros que se secan total o parcialmente durante una época del año (por ejemplo, en verano en el hemisferio norte), conocidos como ríos intermitentes (...).
Pero aún hay otro tipo de ríos que no encajan en ninguna de estas definiciones. En todos los ecosistemas terrestres podemos encontrar ríos que casi nunca llevan agua: los ríos secos, grandes olvidados por los gestores fluviales y la sociedad en general (…)
Estos ríos son especialmente abundantes en las regiones más áridas de la Tierra, pero no son exclusivos de estas zonas. De hecho, los ríos secos se encuentran en todos los ámbitos climáticos de la Tierra, desde los desiertos hasta las regiones polares y desde las áreas montañosas hasta el borde del mar. Un ejemplo de este tipo de ríos serían algunas ramblas mediterráneas que solo llevan agua durante algunas horas o pocos días tras periodos de intensas lluvias.”
Pero ¿qué es un río seco?, ¿podemos distinguirlos de los ríos intermitentes? En este trabajo definimos los ríos secos como aquellos cauces que nunca llevan agua excepto cuando unas fuertes lluvias esporádicas generan una crecida que se evacua muy rápidamente, que están desconectados de las aguas subterráneas y que no son aptos para mantener una comunidad estable de organismos acuáticos. Así pues, si en estos ríos fluye agua alguna vez, ésta no dura en el cauce más que unas horas o, como mucho, unos pocos días.
Con esta definición queda claro que el hábitat natural en estos ríos es eminentemente terrestre y no acuático, por lo que su biodiversidad y su funcionamiento serán más parecidos a los propios de un ecosistema terrestre. Sin embargo, entran en la categoría de ríos porque paradójicamente se forman y dinamizan por la fuerza del agua de las crecidas. En definitiva, los ríos secos también son parte de la red fluvial de una cuenca hidrológica y deberían ser considerados como tales por los gestores fluviales.
La importancia para el bienestar humano.
La ausencia permanente de agua en estos ríos es su principal “problema” porque tanto gestores como la población, en general, los consideran ecosistemas inútiles y poco productivos, lo cual agudiza la intensidad y cantidad de agresiones que sufren. En los ríos secos se detectan tanto los principales impactos que amenazan los ecosistemas acuáticos (vertidos de aguas residuales, basuras, extracción de aguas subterráneas, canalizaciones, presas, etc.) como los propios de sistemas terrestres (minería, vertederos, contaminación, impermeabilización del suelo, etc.). Esta situación hace que los ríos secos se encuentren entre los ecosistemas más maltratados del mundo. (…)
(…)A primera vista, podríamos pensar que este tipo tan particular de río tiene pocos beneficios que ofrecer, pero una breve revisión de la literatura científica nos sugiere reevaluar el valor de estos ecosistemas. (…) Los ríos secos proporcionan numerosos servicios de regulación que son difíciles de percibir por el gran público. Por ejemplo, tienen capacidad para regular el microclima de pequeñas zonas y la vegetación que crece en su lecho y ribera, la cual, aunque escasa, ayuda a controlar la calidad del aire absorbiendo CO 2 , disminuir la erosión, y facilitar la formación y fertilización del suelo. Además, esta vegetación y las islas que se forman en sus lechos pueden ralentizar la rápida evacuación del agua de las avenidas, disminuyendo su peligrosidad para el ser humano, y también ayudan a la infiltración y acumulación del agua en los acuíferos. Asimismo, estos ríos proporcionan hábitats para muchas especies de fauna terrestre (....) que cumplen diversas funciones ecológicas (…)( Vidal-Abarca et al. 2020 )
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